Eppur … si muove!

Leo en estos últimos días con suma atención que Richard Stallman se hace eco de lo que varios venimos diciendo desde hace tiempo: dejemos de hablar de propiedad intelectual. Recuerdo entonces aquella leyenda que atribuye la frase que titula este post a Galileo Galilei, al mostrar la natural rebeldía que, de algún modo nos habita cuando nos mueve algo que nos convence, pese a no ser convencional.
La repercusión de tal declaración es mucha, pese a la excentricidad del personaje, pues es uno de quienes más fuertemente en el ámbito internacional ha llevado el discursos sobre el software libre, pero no deja de resultar curioso que tantos medios lo reseñen en este momento como algo sumamente importante, cuando muchos de esos medios sabotearon la reforma constitucional en Venezuela, desde hace meses, entre otras cosas porque la modificación propuesta para el artículo 98 incluía un deslinde con respecto al concepto de propiedad intelectual, a fin de proteger a los autores de la especulación de los monopolios (editoriales, de software, y en general de los monopolios culturales). Además, hace tan sólo un año atrás, el mismo Stallman no parecía dejar muy claro que el problema fuera de lenguaje, sino de establecer compartimentos para los derechos de copia lo cual, a mi juicio, es como quitar una fiebre infecciosa a punta de compresas de agua tibia en el estómago. Cierto que esto de la propiedad intelectual está tan difusamente confuso que ha llegado a un momento en que muchos no saben dónde es que están confundidos.

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La llamada propiedad intelectual

Por: Luis Paulino Vargas Solís

(especial para ARGENPRESS.info)

Fecha publicación: 03/12/2007

Se puso de moda en estos días lo de la propiedad intelectual. El término se las trae ya que resulta manifiestamente extraño al lenguaje popular y al sentido común. Intentando explicarlo, quizá podamos decir que hace referencia a la propiedad que se ejerce, por medios legales, sobre los productos de la inteligencia y el talento humanos. Ello puede incluir desde un libro de García Márquez a una película de Almodóvar, una grabación de Monserrat Caballé o alguna de las magníficas actuaciones de Merryl Streep. Pero también está cubierta por la propiedad intelectual cualquier porquería del cine hollywoodense o del raeggetón. También se aplica sobre los productos resultantes de la investigación científica.

Una cosa extraña

La propiedad intelectual, pues, se ejerce sobre cosas intangibles, como son los productos de la inteligencia y el talento humano. Al menos en principio se supone que es así, cosa que, de cualquier modo, ya resulta bastante extraña. A fin de cuentas, ¿cómo alguien podría declararse “dueño” de una idea? ¿O acaso el conocimiento no ha sido siempre una enorme obra colectiva? El caso es que, en la práctica, la propiedad intelectual viene resultando un árbol frondoso que, con el pasar del tiempo, echa más ramas y aumenta de tamaño. De tal modo, no solo García Márquez tiene derechos de autor sobre las historias que él crea. También tiene sus derechos la editorial que produce el libro impreso o digital donde uno puede leer esas historias. El software con base en el cual funcionan las computadoras puede ser objeto de derechos de autor, similar al caso de García Márquez en relación con su creación. También se protegen marcas, así como designaciones geográficas cuando el origen de un producto -por ejemplo un vino chileno- se supone garantía de ciertas cualidades especiales

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Geopolítica del conocimiento. Las universidades públicas en todo el mundo están funcionando como maquiladoras tecnológicas para las corporaciones

Por Sebastian Premici (Domingo, 02 de Diciembre de 2007. Fuente: Página 12)
Diez empresas de biotecnología (3% del total del sector) representan el 72% de los ingresos. La acumulación de bienes materiales está llegando a un límite. El proceso de apropiación de riquezas está más cercano a los monopolios del conocimiento que a las industrias tradicionales. Este proceso confluye en una estrecha interrelación entre el poder económico y la propiedad intelectual, que va desde la creación de software hasta la biotecnología

“Hay una distribución geopolítica de los monopolios, y existe por otro lado una expropiación tremenda de riqueza intelectual de nuestras sociedades, utilizando estos mecanismos. Un ejemplo son los grandes laboratorios que realizan bioprospección, visitando comunidades indígenas que trabajan con variedades de plantas desde tiempos inmemorables, y terminan patentando estos conocimientos que hasta ese momento eran patrimonio común de la humanidad. En este caso, los regímenes de patentes actúan como cercos”, explicó a Cash Beatriz Busaniche, integrante de la Fundación Vía Libre y defensora del software libre.

El cerco era el alambrado que permitió la división de tierras y su explotación privada, con la aprobación de los gobiernos. Hoy el cercado se produce de otra forma, utilizando como instrumento la acción de los Estados que ofrecen monopolios sobre aquello que es bien común de la humanidad. Por ejemplo, el genoma humano, seres vivos, variedades de plantas, algoritmos matemáticos, cadenas celulares, métodos de negocios, juegos. “El desarrollo de toda la ingeniería genética en las últimas décadas apuntó a controlar la agricultura a través de semillas transgénicas que ponen a los agricultores en manos de los designios e intereses de las corporaciones. Ninguno de los transgénicos comercializados en la actualidad persigue otro fin. De esta forma, los derechos de propiedad intelectual se complementan con los transgénicos, creando un callejón sin salida”, advirtió ante Cash, Carlos Vicente, integrante de la ONG Grain. La geopolítica del conocimiento hizo que Monsanto incautara en Europa –durante 2006– cuatro embarques de harina de soja provenientes de la Argentina.

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