La enciclopedia y el conocimiento libre: ¿Hay puntos de encuentro?


Cuando tenía menos edad y aún vivía en casa de mis padres, uno de sus mayores empeños fue el acercarnos a todo cuanto se decía o se escribía de este lado del charco. Nuestra casa era visitada periódicamente por vendedores de libros, papá leía religiosamente El Nacional (cuando aún valía la pena hacerlo y siempre en domingo luego de ir a misa y terminar la carta a mi nono) y el Círculo de Lectores era una fuente de literatura “ligera” para todos. Esto, creo, también ocurría en buena parte de las casas de las personas que conocí durante esos años. De este modo fue como se adquirieron varios de los libros y enciclopedias en casa: la Temática, la Quillet, El Tesoro de la Juventud, La Enciclopedia del Arte, la Enciclopedia Jackson… y al menos unas cuatro o cinco más cuyos nombres no recuerdo ahora. Esas fueron la tabla de salvación de muchos de mis trabajos de bachillerato y fueron sustituidos por otros textos durante mis años de estudio en la universidad, pero la idea de buscar saber de las referencias e ideas de otros para formar las propias era parte del piso que sostenía el argumento de tal práctica: había que buscar en enciclopedias porque allí estaba la información “que era” la verdad.

Esa idea de que hay quienes “poseen” el conocimiento y que, en virtud de ello, tienen autoridad para hacerlo llegar a otros, hace que aquello que hacían algunos de nuestros padres comprando enciclopedias, aún se busque hacer hoy día a través de las llamadas enciclopedias digitales. Creo que hoy día la insistencia en la necesidad de construir conocimiento enciclopédico, monolítico, aún aquél digital que se organiza gracias a herramientas potentes de tecnología y a equipos de trabajo, es un sinsentido. La razón de hacerlo es simple y quizás es sólo una excusa para afirmar que la construcción de “enciclopedias digitales” no tributa con la idea de conocimiento libre per se, por una parte, en virtud de que el conocimiento enciclopédico es el de los expertos y la decisión o asignación de la validez de esa experticia es algo asignado de forma no transparente, y por el otro en virtud de que siendo la libertad genuina del conocimiento, sólo es viable cuando el trasfondo es un espíritu crítico y de búsqueda de construcción y apropiación colectiva del conocimiento.

¿Qué es una enciclopedia? Se cree que la recopilación exhaustiva de conocimiento que significa -en principio- una enciclopedia, es un tributo a la vida del hombre moderno, pues ahorra tiempo el tener todo ese “conocimiento” sistematizado y organizado al alcance de “cualquiera”. En cuanto a las enciclopedias digitales, su sentido es, básicamente el mismo y, aún cuando los casos más exitosos de estos esfuerzos representan un trabajo orquestado de modo colectivo, y persiguen una idea de objetividad sobre los contenidos mostrados, lo cierto es que no son, en ningún caso neutros, lo cual plantea un segundo problema añadido al mencionado antes con respecto a la autoridad de quien(quienes) autoriza(n) la aparición de determinados contenidos en virtud de su “veracidad”. Tenemos, entonces, dos problemas claros con respecto a las enciclopedias -de aquí en adelante, asumiremos indistintamente las enciclopedias en papel como las digitales-: a) no son abiertas ni fomentan el pensamiento crítico y b) no son neutras, o son instrumentos (aún de forma no intencional) de determinadas tendencias ideológicas.

Existen, sin embargo, dos problemas adicionales. El primero de ellos tiene que ver con el acceso a la enciclopedia como instrumento de difusión de “conocimiento”. En ambos casos (enciclopedia digital o impresa), el acceso ocurre de forma mediada por los recursos económicos y por los patrones de uso de la información que allí se obtiene. En el caso de la enciclopedia digital, está claro que, como he dicho antes en este mismo blog, las dificultades de acceso a los contenidos digitalizados no sólo se originan por la llamada “brecha digital” (identificada de modo -casi- ingenuo con un problema estructural estrictamente técnico y tecnológico), sino en el anverso de esa misma moneda: los usos de internet.

El segundo de esos problemas tiene que ver con la asignación de la categoría de “conocimiento” a la información que se divulga a través de cualquier enciclopedia, y es aquí justo donde la ausencia de un pensamiento crítico de caracter colectivo se convierte en una de las carencias más acusadas de nuestras sociedades en construcción. De modo que nombramos “conocimiento” al resultado de cualquier consulta hecha por internet a, por ejemplo, la Wikipedia. De hecho, esta herramienta se nombra a sí misma como un espacio recopilatorio de conocimiento y centra su carta de presentación o resumé, en una detallada revisión de su número de visitas, de idiomas disponibles o de artículos disponibles a través del sistema. La idea que sustenta esta iniciativa es “«un mundo en el que cada persona del planeta tenga acceso libre a la suma de todo el saber de la humanidad»”, y el paradigma que pretende superar es la Enciclopedia Británica. El sustento de la validez de los artículos allí publicados es la aceptación de dichos contenidos a través de un proceso de discusión que es, en definición, abierto. Pero aún en una iniciativa con estas características subyace el problema del acceso y de la apropiación de esta información, además de los dos mencionados arriba. Sin embargo, no quisiera que se entendiera que intento desacreditar el esfuerzo de la Wikipedia. En lo absoluto. En realidad lo que pretendo es plantear preguntas al respecto de un tema que siento planea de vez en cuando sobre la idea de conocimiento libre: la de crear repositorios de conceptos con un contenido único para cada uno de ellos, es decir la búsqueda de presentar proyectos de enciclopedias digitales.

Hace unos días atrás, por ejemplo, leí en una entrevista a Fernándo Báez, Director de la Biblioteca Nacional de Venezuela entre otras cosas sobre conocimiento libre y software libre. Una de sus propuestas, casi de modo ingenuo es la de crear un proyecto propio de biblioteca digital (o enciclopedia digital) en Latinoamérica para superar las limitaciones que se le atribuyen a las iniciativas más difundidas en la actualidad y que él mismo señala:

Todavía no tenemos al gran maestro mundial de la información que diga qué es lo que es o no una buena información, y en medio de ese debate se generan opiniones: hay quienes dicen que Google sesga la información, otros creen que Wikipedia tiene una cantidad de datos afectados o que la Británica en internet tiene condicionamientos desde el punto de vista anglosajón porque no incluye datos del mundo de habla castellana. Otros dicen que los portales españoles no presentan la realidad iberoamericana sino desde su única perspectiva. Creo que no solamente tenemos el reto de ofrecer grandes portales con información que tenga que ver con los manuales escolares que el país está estableciendo, sino el gran compromiso de ir depurando internet, porque lo que vayamos haciendo aquí se lo vamos a dejar a nuestros hijos.”

En este contexto, y con todo el respeto que me merece el actual director de la Biblioteca Nacional, no sé si me resulta más chocante que se piense -aún- en realizar la idea de un instrumento del conocimiento monolítico (como la enciclopedia en cualquiera de sus versiones), como el hecho que se reconozca, sin mayores problemas que ese tipo de instrumentos llevan detrás un conjunto de “autoridades” encargadas de seleccionar los textos que figuran y los que no (que él llama “maestro mundial de la información”), o que se pretenda “depurar” internet. En cualquiera de estos dos casos, estaríamos haciendo muy poco por la construcción de un piso de sustento al pensamiento crítico que es, a mi juicio, mucho más determinante, y esto, que ya es grave, sería terrible al estar impulsado por las instituciones del Estado.

Soy de la opinión que una de las esperanzas necesarias en torno al proyecto de edificación social a partir del reconocimiento del caracter genuino de la libertad en el conocimiento, es la formación de patrones críticos de construcción colectiva de conocimiento que atiendan no sólo los procesos de creación del conocimiento, sino también los de reconocimiento y apropiación. En un proyecto así definido, las ideas de la construcción de enciclopedias o repositorios de información arbitrada, siempre serán insuficientes, de modo que habrá que buscar alternativas para abrir esas instancias.

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